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lunes, 20 de julio de 2015

Crítica de Cine: La Isla Mínima (2014)

Chaparrón de cine

Pasito a pasito, Alberto Rodríguez ha ido forjando una sólida carrera refugiado en el marco —a diferentes escalas— de los bajos fondos junto a las historias crudas y farragosas que tan bien se acoplan a estos parajes. Ha ido marcando un ritmo ascendente patente de una película a otra, y finalmente con su última propuesta no ha dado un golpe en la mesa, no, directamente se ha montado encima de ella dejando claro que su forma de contar historias está en un nivel imponente.
Contiene SPOILERS

Para ponernos en situación muy rápidamente; 1980. Plena transición. Nos encontramos en las marismas del Guadalquivir, que están más perdidas que un sordo jugando al Marco Polo, donde nadie es quien parece o dice ser, todos mienten más que hablan y hay un doble asesinato por resolver, el thriller está servido.

La puesta en escena es deslumbrante desde el minuto uno, con unos planos cenitales que nos descubren a las marismas como un cerebro gigante en el que nos meteremos de lleno (perderemos más bien) para intentar averiguar quien es el asesino que tiene a todo el pueblo y a la Guardia Civil en ascuas. Vamos descubriendo las pruebas del caso que lleva a los dos policías hasta allí a base de precisos planos detalles de los que ninguno de ellos son en balde, revelan jugosa información que se va desmenuzando poco a poco y que tienen recompensa más adelante derivando en otras pistas. Te vas metiendo de lleno en la minuciosa investigación mientras vas ordenando el puzzle hasta que a partir del grandioso plano de los gansos te das cuenta de que esto no va a ser fácilfaltan muchas piezas.
La pareja de protagonistas son Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo, puede parecer un casting equivocado con dos actores orientados normalmente hacia la comedia, pero ni mucho menos, equivocado sería pensar esto. Estamos ante un par de bestias que regalan un vendaval interpretativo cada uno a la altura del otro, mucha fuerza en ambas actuaciones, pero siempre sin perderle el pulso a sus personajes. El Juan de Gutiérrez es un policía de la vieja escuela con sus métodos directos a la cara, para qué discutir, si puedes pelear. Lleva consigo un halo de misterio, no da confianza, pero demuestra nobleza, una actuación pletórica. El Pedro de Arévalo no es el típico picoleto buena gente que pegaría en esta pareja, no, no es una perita en dulce. Aunque al principio parece más tranquilote, pronto descubrimos que no se anda con chiquitas, en pleno nacimiento de la democracia y desde el bando que está él todo vale, por lo que hará todo lo que está en su mano para conseguir resolver el caso.

Por otro lado tenemos a un gran elenco de secundarios, ya que los habitantes del pueblo son uno de los elementos más importantes de la investigación. La mayoría dan el callo y toca destacar al imprescindible Antonio de la Torre en su breve, pero intensa aparición, Nerea Barros con una voz y mirada de dolorosa que cala bien adentro, Jesús Castro (sigue acumulando motes: "El Niño", "El Guapo") que demuestra saber encajar bien los golpes, Salva Reina, que el muy cabrito es capaz de hacerme reír sin hablar y Ana Tomero, joven actriz a la que habrá que seguirle la pista.
Avanza la investigación, y mientras interrogan a los habitantes de las marismas te vas dando cuenta de que hay algunos de ellos que no quieren ver el caso resuelto, otros piden mucho a cambio por soltar una mierda de información, en definitiva, abunda el trapicheo. Muchos en el pueblo son culpables de algo aunque no sea de asesinato, por lo que se empieza a convertir en una pequeña competición de mentiras que llevará a la pareja protagonista a dar rodeos hasta poder llegar al destino, solo al final pillarán un atajo...

En cuanto el caso se queda un poco estancado, el director sevillano lo soluciona con golpes de efecto, pero golpes de efecto de los de verdad, de los de repullo en la butaca, su puta madre que tensión. Un claro ejemplo de esto es la persecución en coche nocturna que desprende una fuerza visual apabullante. Ahora eso sí, lo que convierte a La Isla Mínima en una película verdaderamente grande son los detalles, está inundada de pequeños momentos magistrales, imposibles de enumerar. Y por supuesto hay notables salpicones de humor, porque es Sevilla y es inevitable.

Probablemente el mayor logro de Alberto Rodríguez es convertir a las marismas en uno de los protagonistas más importante de la película, influyendo directamente en la trama. Construye una fauna que te engulle, apoyándose en el propio paisaje como es natural, la fotografía de Álex Catalán como otro pilar fundamental, un sonido ensordecedor, la banda sonora conformada por lineas de bajo sutiles y otras más robustas que acrecientan la sensación de agobio, y por supuesto la elección de planos, metiendo la cámara en lo más profundo del entorno consiguiendo así una atmósfera pegajosa, en cambio, en momentos puntuales Rodríguez cuelga la cámara de las nubes con acojonantes planos cenitales oxigenando la trama, para volver a sumergirte rápidamente en zonas pantanosas, casas deprimentes y caminos interminables.
Llegados al desenlace, reconozco que es de los que a mi me gustan, el que te deja con la puntillita clavada de no ser redondo para los personajes, pero si perfecto para la película. Contemplas como tienes todas las piezas del puzzle y no te encaja la última aunque sabes donde va, la intentas colocar a la fuerza pero no entra, por lo que acabas desistiendo y no lo terminas, es todo lo que puedo decir de la resolución del final, genial.

La Isla Mínima es cine en estado puro, se puede respirar talento en cada plano y actuación, siendo esto merecedor de que su puntuación sea nada más y nada menos que "Euforia".







































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